“Nos quisieron enterrar, pero no sabían que éramos semilla”


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Por María Eugenia Lunad Rocha (Adscripta Área de Comunicación Museo de Antropología)

“La Juventud que no pudieron desaparecer” es el nombre de la Muestra Fotográfica que se exhibe en el 2do piso (Auditorio Rex González) del Museo de Antropología de la UNC sobre la tercera y cuarta generación de jóvenes de Unión Juventud Armenia (UJA) de Córdoba Capital. La muestra se puede visitar hasta el 27 de noviembre.

La idea surge en el marco del Trabajo Final de la Licenciatura en Antropología de Ana Belén Bergese que, junto a Mariángel Magaquián, fotógrafa y productora audiovisual, le dieron forma y contenido a la muestra con la participación de los compañeros de la filial Córdoba, Aram Yerganian, de UJA.

La Unión de Juventud Armenia (UJA) nace en Sudamérica en 1942, con algunos “períodos de inactividad” como a fines de los ´80 y durante la década noventosa, comenta Bergese. “Recién vuelve a resurgir en el 2003, con el empuje del Estado con respecto a las medidas con relación con los Derechos Humanos en Argentina”, agrega.

En relación a la intención de la muestra, Magaquián explica: “La causa armenia es uno de los ejes de UJA que es dar a conocer, difundir y continuar una trayectoria histórica, cultural, política del genocidio armenio”. Y en esta ocasión, el registro fotográfico da cuenta de los jóvenes armenios hoy en Córdoba, “que también son argentinos  -no solo son armenios- y jugar un poco con eso y con mostrar otra cara de la armenidad”, cuenta Ana Belén Bergese.

Por su parte, la sus realizadores buscan dar a conocer la historia de la lucha armenia como un objetivo educativo y afirman que: “La formación de ciudadanos activos y comprometidos donde aprender sobre estos temas implica estar alerta y reconocer ciertas cosas que ya han pasado y que no tienen que volver a pasar”.

La muestra invita a descubrir a los jóvenes que miran el futuro pero que son el presente. “Mostrar la continuidad de la causa armenia en los jóvenes, que tienen memoria y desmentir el negacionismo que hace Turquía frente a lo que ha pasado”, señala Mariángel sobre lo que quieren transmitir a través de las imágenes. “Es mostrar esa cara que existe, que está vigente, y que es bastante fuerte”, completa.

En este sentido, Magaquián destaca: “Armenia tiene una particularidad que tiene una diáspora muy grande y fuerte. Hay más de 10 millones de armenios en todo el mundo y en Argentina hay alrededor de 30 mil”. Es por ello que las comunidades que reconstruyeron los armenios en diferentes partes del globo merecen atención. “Esta juventud que quisieron exterminar, no se exterminó, porque el plan de aniquilación de los jóvenes turcos era ponerle fin a la etnia, que no quede ningún armenio, sin embargo, la historia no fue así”, remarca Marángel.

La lucha por el reconocimiento del genocidio armenio continua vigente. Al respecto, la Comunidad Internacional ha condenado la tragedia, más de 22 países del mundo lo han hecho público.  Además, en 1985 la Subcomisión de Derechos Humanos de la ONU reconoció el Genocidio Armenio como un crimen de lesa humanidad. Es por ello que “la causa armenia es una causa viva, es una lucha continua para que Turquía pueda reconocer el genocidio armenio como tal”, afirma la fotógrafa.

Identidad que marca

Una manera de reconocer la causa armenia es mostrar que la tradición y la memoria se combinan en la actualidad. Por ello, en la muestra fotográfica expuesta en el Museo de Antropología, se recuperan experiencias y vivencias de un hoy cargado de ayer. “En la muestra hemos rescatado otras cuestiones como la música, la danza, las comidas, lo cotidiano  como forma de resistencia de la cultura, de no perder la identidad que se transmite de generación en generación”, asegura Magaquián. Porque en otra generación estaba latente la “esperanza de volver, del retorno, y cuando se vio que eso ya quedaba truncado, la comunidad empezó a levantar los edificios propios, que son la iglesia, los clubes y los colegios”, amplía Bergese.

“La identidad armenia está muy marcada, eso es algo que se ve y es muy poderoso”, señala Mariángel y lo ejemplifica: “Desde militar desde muy jóvenes como militaron nuestros padres o abuelos hasta los postres armenios”.

Llama la atención en la muestra, cómo se retrata a la mujer armenia y los métodos de tortura que sufrieron. Magaquián lo explica: “La mayoría de las sobrevivientes fueron mujeres, pero sobrevivían para después ser mujeres de éstos genocidas. Tenemos un segmento donde se muestran tatuajes que se hacían en ese momento, que no son de la tradición armenia, son de la tradición curda y que significaban el robo de identidad a las mujeres armenias. Las mujeres tenían que convertirse al Islam, tenían un propietario que era su marido, tenían hijos y todo eso se veía en los tatuajes de la cara y las manos. Eran símbolos de pertenencia, estaban tatuadas y pertenecían a tal hombre o a tal etnia”, añade Bergese y coincide: “Significaba marcarlas como ganado, le ponían una marca de pertenencia”.

Visibilizar esta situación  es el sentido de esta propuesta que se expresa en su título: “Nos quisieron enterrar, pero no sabían que éramos semilla”, finaliza Magaquián.