Dorá en tierras faraónicas


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En esta crónica, Bernarda Marconetto, investigadora de IDACOR – Museo de Antropología y directora del Departamento de Antropología de la FFyH–UNC, relata la experiencia de su trabajo en un proyecto conjunto realizado entre la Universidad Federal de Minas Gerais (Brasil), la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) y el Centro de Documentación del Ministerio de Antigüedades (Egipto) que involucra arqueólogos, antropólogos y egiptólogos en la necrópolis tebana de Lúxor.


Por Bernarda Marconetto (UNC-CONICET)


Maíz, Zea mays, reza la etiqueta. No es la primera vez que embolso restos de este tipo de macrorresto en una campaña arqueológica, lo hice cientos de veces trabajando como arqueóloga en el norte de argentina. La diferencia es que esta planta originaria de América, esta vez lleva otro nombre en la etiqueta dorá. Y creo no haber excavado nunca tanto maíz como aquí y se suma el pimiento, y el maní. 
 Sí. A 12000 km de Argentina, en tierras faraónicas, excavo y encuentro esto. Me siento algo ridícula, aunque me digo, “vaya aporte de América al mundo”. Estamos en Egipto trabajando en una tumba faraónica en la necrópolis tebana de Lúxor en un proyecto conjunto entre la Universidad Federal de Minas Gerais (Brasil), la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) y el Centro de Documentación del Ministerio de Antigüedades (Egipto) que involucra arqueólogos, antropólogos y egiptólogos, y encuentro plantas americanas.

La Tumba TT123 perteneció a Amenemhat, un escriba contador de panes del templo de Tutmosis III. Por supuesto el maíz no es suyo, ni de su esposa Henutiri, bellamente ataviada con lotos azules en las paredes de la tumba. El maíz lo usaron los qurnawi, para alimentar a sus animales junto con partes de caña de azúcar. Los qurnawi estaban aquí a la llegada de Napoleón a estas tierras desde hacía no poco tiempo y fueron “invitados a partir” en 2007 de la necrópolis. Aparecen semillas de dátiles, frutos de doum. Suena el llamado a la oración, no estoy en los Andes.

Limpiamos el patio, restos de palmas para hacer techos, unos, dos, tres niveles… sigue el maíz.

El pozo del patio y maíz, y tapitas de bebidas, y semillas de dátiles, y pan de trigo, y cerámica qurnawi y papel de cigarrillo y tabaco para la shishaque curiosamente solía encenderse hasta no hace mucho con brasa de marlo de maíz (América sigue aportando).

El pozo corresponde a la tumba, no sabemos aún hasta donde va, sólo sabemos que la escalera para salir es cada vez más alta. En el relleno del pozo, el maíz ya se entrama entre telas de indumentaria qurnawi, que se enreda con tela de momia. También caña de azúcar y palma, además de fragmentos de momia y de cartonaje, sumado a restos de madera de ataúdes. Pequeños ushabtis y conos funerarios junto con alguna base para hacer pan qurnawi, a lo que se suman sin vergüenza alguna que otra réplica o “fake” y un hueso de burro. Un casco y un diente de un burro que seguro comió maíz.

Relleno, “basura” de la necrópolis que llegó al pozo por mano de alguien o de alguna de las rarísimas pero violentas tormentas y deslaves. El objetivo debería ser limpiar y avanzar para llegar a algo interesante. Léase faraónico. Pero los sudamericanos vamos despacio y Ze Pellini (director brasileño) se emociona y fotografía mil veces el vestido cosido a mano para alguna niñita qurnawi, junto a unos pequeños zapatos con cinco capas de remiendo de suela que debieron heredar varios hermanos. Los trabajadores de la necrópolis, viendo esta gente que se interesa por rarezas, comienzan a acercarnos pequeñas cositas que ningún egiptólogo valora y nos cuentan cosas. Y entre el portuñol y el arabínglish empezamos a entrar al mundo de los vivos de la necrópolis.

Mientras tanto dentro de la tumba, Verónica registra con su cámara cada milímetro de paredes y techos, a los que Lucas, recientemente doctorado en Antropología en la UNC, inspecciona. La primera vez de ambos aquí, por supuesto después del despojarse del impacto de la escala del mundo faraónico, empiezan a prestar atención a detalles que sólo alguien que viene de muy lejos, y con ojos habituados a cuevas con arte rupestre y a superposiciones milimétricas de pinturas, hollín y barro, puede captar.

Así, de pronto las salas de la tumba cobran vida ya no es sólo la morada final de Amenemhat, aparecen muy sutilmente inscripciones tal vez coptas, y algunos pequeños grafitis, tal vez conjuros para mitigar la presencia de ocupantes no humanos. Los rastros de antiguas paredes qurnawi de barro se hacen presentes y el humo de sus velas, y hollín no tan sutil. Rastros de limpieza de algún conservador del que no hay registro, y trazas de bosta de animales en paredes altas, lo que puede sorprender (e indignar) a más de uno, pero el desierto del sur puede ser muy frío y hace falta combustible que hay que secar.

Los límites entre la dicotomía casa y tumba, se diluyen al igual que el límite entre vida y muerte. Y habrá de esperar Amenemhat a que la gente de la tierra del maíz (dorá) llegue hasta él ya que no está solo en su tumba y hay mucha vida allí.


Equipo Misión Brasileña-Argentina 2019:

  • Dr. Roberto Pellini (Director UFMG)
  • Dra. Bernarda Marconetto (Directora UNC-CONICET)
  • Dr. Lucas Gheco
  • Dr. Marcos Gastaldi Verónica Mors
  • Mgter. Ivana Wolff
  • Dr. Julián Sanchez
  • Dra. Carol Murta
  • Geólogos Alain Viot y Andrea Bartorelli
  • Conservadora Dra. Vanesa Dutra