Tiempo de observar y documentar


Para reflexionar sobre cómo se vive el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio en la zonas denominadas “blancas” de Córdoba –sin casos de Covid-19–, dialogamos con la antropóloga Julieta Quirós  –investigadora del Instituto de Antropología de Córdoba – Museo de Antropología de la UNC–, quien reside en el Valle de Traslasierra. En esta entrevista, habla sobre los impactos positivos y negativos de esta medida, sus prácticas cotidianas y qué rol deben asumir los investigadores sociales en este momento inédito que nos toca transitar.

A causa de la pandemia provocada por el Coronavirus, el 19 de marzo del 2020, el Gobierno Nacional declaró el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio. Una medida tan inédita como excepcional, que tiene como fin mitigar la expansión del coronavirus, evitando a su vez una potencial crisis sanitaria y social, en el caso de producirse una ola masiva de contagios en toda la población. La medida fue consensuada de manera unánime, no sólo por el ejecutivo nacional, sino por todos los gobernadores del país. 

Así, con el paso de los días, el impacto del virus y las medidas adoptadas para evitar su propagación lograron que los números de fallecimientos y contagios en Argentina no fuesen tan dramáticos como los casos abrumadores que se registran en Brasil, Ecuador, o en EEUU, Reino Unido, Italia y Francia, donde las cifras de infectados y muertes resultan muy preocupantes.

Recién a mediados de mayo, el país comenzó a retomar de manera paulatina y en diferentes rubros y zonas, su actividad económica-comercial, sin dejar de medir y controlar la curva de contagios a nivel nacional. Según los informes oficiales, hasta el momento (18 de mayo de 2020) existe un registro de 8068 casos positivos de Covid-19 y un total de 373 muertes en todo el territorio nacional. La buena noticia es que 2534 personas infectadas ya superaron de manera positiva los síntomas de la enfermedad.

Sin embargo, el avance del virus y la implementación del Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio como medida para mitigarlo, no sólo obligó a relacionarnos en un gran porcentaje de nuestras vidas a través de las pantallas, sino que desnudó en menos de dos meses las innumerables desigualdades sociales que aún persisten, para enfrentar una situación de estas características.

El suministro de servicios básicos, –como el agua potable en diferentes barrios y zonas del país– ; los niveles de alimentación, fundamentales para mantener sano el sistema inmunológico de las personas; el estado crítico de las cárceles y de algunos hogares para personas de la tercera edad; el hacinamiento o precariedad en las viviendas de sectores marginados; el trabajo no registrado de cientos de miles de personas; el incremento de la violencia de género y los servicios irregulares de conectividad para paliar el aislamiento, vienen siendo algunas de las caras que más preocupan durante este tiempo de confinamiento y pandemia.

El Gobierno Nacional tuvo reacciones rápidas para no desamparar y atender los diferentes reclamos de los distintos sectores sociales, trabajando de manera articulada con los ejecutivos de las provincias y municipios. Una de las medidas más inmediatas, pero con dificultades en su implementación, fue el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), un bono de 10 mil pesos para paliar la situación económica que alcanza a casi 8 millones de personas en el país.

Con la llamada “cuarentena” –o el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio–, se buscó ganar tiempo para fortalecer el deteriorado sistema de salud pública, trabajando de manera auspiciosa con el sector de ciencia y tecnología, que venían siendo postergados durante los cuatro años de la gestión de gobierno anterior.

Al mismo tiempo, se tornó complejo para la sociedad civil aceptar que se delegue en las fuerzas de seguridad todo un sistema de control policíaco hacia la ciudadanía. Se observaron diferentes tipos de excesos y abusos injustificados a la hora de detener o multar a personas “en infracción” por incumplimiento de las nuevas normas vigentes.

Así, el virus avanza y afecta al conjunto de población, pero no todas las personas pueden enfrentarlo o “quedarse en casa” de la misma manera. Las diferencias sociales se tornan más visibles y críticas, cobrándose vidas, siendo los sectores más vulnerables, otra vez, los más castigados en esta nueva crisis.

Una mirada hacia el interior del interior

En Córdoba la radiografía de los avances del virus también se va trazando día por día. De los 26 departamentos que componen la provincia, en 14 de ellos no se registran casos de Covid-19. Así, la Central de Operaciones de Emergencia (COE) de Córdoba ha denominado a estas áreas como regiones “blancas”. En contraposición aparecen las zonas afectadas por el virus como zonas “rojas”, que corresponden a la Capital y los centros urbanos más poblados del territorio provincial. En las regiones “blancas”, la Provincia planifica acentuar los controles para blindar sus accesos. La intención, –según informan las autoridades– es intentar que la mitad de la provincia pueda preservarse sin casos de coronavirus o, al menos, con la menor cantidad de contagios posibles.

Zonas blancas

Los Departamentos que no contaron hasta el momento con ningún caso de contagio de Covid -19 son cuatro del área central: Juárez Celman, Tercero Arriba, Río Primero y Río Segundo. Cinco del norte: Totoral, Ischilín, Tulumba, Sobremonte y Río Seco. Y cuatro corresponden a la región de Traslasierra: San Javier, San Alberto, Pocho y Minas. A estos datos también se le suma departamento de Cruz del Eje, que sólo tuvo dos casos, pero fueron importados.

Pero ¿Cómo se vive el aislamiento Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio en estos lugares donde no ha llegado el virus? ¿Cómo se desarrolla su cotidianeidad? ¿Qué signos de solidaridad aparecen o se debilitan? ¿Qué situaciones se fragilizan más?

Para responder estas inquietudes dialogamos con la Dra. en Antropología Social Julieta Quiros, quien vive en esta zona y mediante su trabajo territorial se anima a describir algunas de las postales y sensaciones vividas, a lo largo de más de 60 días de confinamiento.    

– Por las localidades de Traslasierra –expresa Quirós– hay un comentario social que una puede escuchar en cualquier fila de negocio o encuentro con algún vecino o vecina: “No nos podemos quejar”. El comentario, claro, se completa con una comparación implícita: el contraste con lo que pasa en las grandes ciudades.

Acá el Aislamiento Social Obligatorio -que ha tenido desde el inicio un alto acatamiento y consenso dentro de la población- es al aire libre, con sol y naturaleza alrededor, y por el momento libre de Covid-19. Todos hechos que podemos considerar “beneficios secundarios” de algunos de los rasgos propios de esta zona del interior cordobés, separada por el macizo de las Altas Cumbres.

Sin embargo, y desde luego, tenemos también los impactos negativos, que igualmente se enraízan en las características socio-geográficas y económicas de esta región: acá, como en todos lados, el aislamiento intensificó condiciones de desigualdad preexistentes. Por ejemplo: en las localidades del interior de Traslasierra prácticamente el 60 % de la Población Económicamente Activa (PEA) se desenvuelve en la informalidad y en empleo en negro y precarizado. De modo que el parate económico ha golpeado de manera inmediata y significativa a la mayor parte de los sectores trabajadores de la zona. También afectó la interrupción del único transporte público en este lugar, -la Línea Sarmiento-, que conecta todos los pueblos de la costa del departamento de San Javier con ciudades como Villa Dolores, Mina Clavero o Merlo, en San Luis, intensificando así la inequidad en las posibilidades de movilidad para resolver problemas o cuestiones básicas de la vida cotidiana. La gente campo adentro, sobre todo la gente mayor, sufre mucho esta cuestión.

La ayuda social

“La tramitación de asistencia pública como el IFE –explica la antropóloga–, también puso a cielo abierto estructuras históricas de desigualdad: la mayor parte de la población no sólo no tiene acceso a internet sino que tampoco maneja con familiaridad las plataformas online. Y éste ha sido un bache que municipios, comunas y organizaciones sociales territoriales tuvieron que salir corriendo a cubrir. La angustia e incertidumbre de muchos vecinos y vecinas en relación a su inscripción -si me la aceptaron o no, si tengo que subsanar información cómo hacerlo, qué modo de cobro elegir- atraviesa el cotidiano de la gente”.

Tiempo de semillas

¿Cómo se reaccionó frente confinamiento en estos poblados, tan acostumbrados al contacto directo con la tierra, a las formas de trabajo comunitario que propicia la agricultura o la alimentación, basada en las huertas familiares?

– Otro comentario entre vecinos y vecinas que podés encontrar en cualquier hilera en la entrada de un negocio de cualquier localidad de Traslasierra, o en cualquier grupo de guasap, tiene un protagonista peculiar: las semillas. Ante el freno económico, la gente reactivó e intensificó prácticas propias de la tradición y la economía regional, como la hortaliza familiar. El regalo, intercambio, compra o venta de plantines y semillas, comenzó a intensificarse. También comentar cómo van las plantas, pasar por el municipio a ver si llegaron las semillas del INTA. Gestos todos que impregnan la cotidianeidad de estos tiempos, y lo interesante es que son vividos con mucha satisfacción y orgullo por el conjunto de vecinos y vecinas del lugar.

En definitiva, esa satisfacción no es otra cosa que el sentimiento de libertad y el poder que genera tener posibilidad de practicar formas de autonomía y soberanía alimentaria. El Aislamiento Social Obligatorio reavivó este patrimonio transerrano y también otros: los gallineros y otras actividades de agricultura familiar, el comercio de cercanía, la relación directa entre productores y consumidores de alimentos a nivel local, el aprovechamiento y reparación de recursos y objetos en desuso en las casas, los grupos de trueque y compra-venta de usado entre vecinos y vecinas, vía guasap.

En relación a esa trama de lazos humanos que se tejen en tu zona, dentro de este nuevo contexto ¿Cómo se siguen traccionando las acciones solidarias y de contención en el día a día? ¿Existen situaciones que se fortalecen o se debilitan?

– Los efectos en los lazos no son lineales, son múltiples y contradictorios, como ocurre en cada rincón del país. Por un lado, la puesta en vigencia del decreto de aislamiento generó miedo, incertidumbre y muchas actitudes policíacas entre los propios vecinos y vecinas de la zona; desde un discurso del “cuidado”, pero con gestos poco comprensivos y menos solidarios en relación a dificultades o situaciones particulares que podía estar atravesando cada vecino o vecina en ese momento.
También es cierto que esas tensiones se fueron amainando con la flexibilización del aislamiento, afortunadamente.
Pero el comportamiento de las fuerzas de seguridad jugó un rol significativo y negativo: prácticas discrecionales, arbitrariedad y violencia institucional ante casos de infracción a la cuarentena, con detenciones que muchas veces no están orientadas a la prevención o mitigación de un riesgo, sino al mero aleccionamiento de la población. Sobre todo –y una vez más–, la cuarentena intensificó condiciones preexistentes, en este caso la arbitrariedad policial selectiva hacia jóvenes y adolescentes de la zona.
Al mismo tiempo y en paralelo, el aislamiento reactivó un montón de lazos comunitarios entre las personas. Entre familias, comunas y municipios. Se generó mayor atención y solidaridad con lxs otrxs para resolver problemas comunes: la inscripción al IFE, por ejemplo, activó toda una red molecular de ayudas vía guasap, vecinos que asisten a otros y socializan información; también las redes de intercambio y compra-venta local; los municipios asistiendo a la gente en situaciones particulares, para moverse al médico o al banco. En todo esto juegan un rol fundamental las organizaciones sociales: la Unión Campesina de Traslasierra, por ejemplo, movilizó toda su inserción territorial asistiendo en cuestiones básicas a la gente campo adentro y funcionando como nexo con el Estado, en sus distintos niveles, municipal, provincial y nacional.

Cómo antropóloga social, ¿pensás que tendremos secuelas en relación a las formas y modos de relacionarnos, por el miedo que se ha generado alrededor de este virus?

– En lo personal, te diría que practico una resistencia a emitir juicios y pronósticos de ese tipo. En general, los que leo son apresurados y me atrevo a decir bastante superficiales. Lxs analistas sociales tenemos que ser ante todo muy observadorxs en este momento: observar y documentar, nuestras propias vivencias y las de los demás, con suma atención y responsabilidad, antes que lanzarnos a emitir opiniones o sentencias que muchas veces hablan más de una ansiedad intelectual por producir certezas –una manera ilusoria de “controlar” lo desconocido– que de lo que efectivamente está aconteciendo en el mundo de la vida. Es momento de agudizar la escucha paciente, de hacer cosas con las manos, de pensar a través del hacer y de hacer con otrxs.

En este tiempo, donde se ha desacelerado el ritmo de la ciudad y se observan beneficios notables en el medioambiente ¿invita a pensar un nuevo orden de producción y organización social más justo? 

– Te contesto sí y no. Sin duda la situación de aislamiento nutre proyectos alternativos y sub-alternizados: hablé de la reactivación de las huertas y las economías agrarias familiares, el fortalecimiento de los mercados de cercanía, la intensificación de redes de comercio directo entre productor y consumidor sin intermediarios, etc. Todos esos procesos están aconteciendo. Pero no podemos perder de vista que la pandemia, tanto en situación de aislamiento social como en los casos en los que no lo hay -– pensemos en el país vecino de Brasil–, se da en estructuras sociales preexistentes y por lo tanto pone de relieve relaciones de injusticia y desigualdad. Hay gente que puede cumplir su aislamiento social en buenas condiciones, otrxs en pésimas condiciones, otrxs que ni siquiera pueden hacerlo porque sí o sí tienen que salir a changuear o forman parte de los servicios esenciales, y así.
Nuevamente: es momento para observar y documentar lo que va pasando, contemplando la mayor cantidad y diversidad de experiencias sin jerarquizar, de antemano, algunas sobre otras.

Reportaje: Irina Morán – Responsable del Área de Comunicación del Museo de Antropología de la UNC.
Fotos: Julieta Quirós  –investigadora del Instituto de Antropología de Córdoba – Museo de Antropología de la UNC–.