Megaminería y resistencias


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Veladero es una mina a cielo abierto que está ubicada en el Departamento Iglesia, provincia de San Juan, Argentina. En plena cordillera de los Andes, las operaciones se desarrollan en elevaciones de 4,000 a 4,850 metros sobre el nivel del mar, a una distancia aproximada de 374 kilómetros al noroeste de la ciudad de San Juan. La mina inició su construcción en 2003 e ingresó en producción en octubre de 2005. Su inversión inicial fue de 540 millones de dólares y se convirtió en ese período en la inversión privada más importante de la Argentina que se manifestó en la crisis del 2001. Hoy según fuentes oficiales, emplea casi 3.000 personas, entre personal propio y contratado.

Por la disposición de los minerales en la roca, Veladero es una mina a cielo abierto, de oro y plata. Las operaciones incluyen dos etapas: extracción y trituración de mineral y extracción de metales preciosos mediante lixiviación en pilas y recuperación con el proceso Merrill-Crowe. Esto implica la ejecución de grandes explosiones y la fragmentación de las piedras en porciones más pequeñas. El oro y la plata se encuentran en una pequeñísima proporción por tonelada de roca y es por eso que mediante un sofisticado proceso de reducción se logra extraer el mineral, haciendo decantar los metales pesados y todo aquello que no posee valor, en diques que albergan miles de litros de agua cianurada y cuya superficie está impermeabilizada para que no afecte los reservorios hídricos.

El Departamento Jáchal, contiguo al de Iglesia, al que jurisdiccionalmente pertenece la mina, condensó desde los inicios del proyecto minero, al mayor grupo de personas que en San Juan, se opusieron al mismo. Desde que comenzaron las exploraciones mineras en Veladero, autoconvocadxs de Jáchal, conscientes de las implicancias de una mina a cielo abierto, comenzaron a organizarse para resistir el mega proyecto minero.

En 2010 se aprobó en Argentina la Ley 26.639, más conocida como Ley de Glaciares, que obtuvo su aprobación definitiva en 2011. Con anterioridad en el 2008, el diputado Miguel Bonasso había presentado un proyecto similar que Cristina Fernández terminó vetando con sus facultades ejecutivas, argumentando que excedía el alcance de la Constitución Nacional en lo que atañe a las reservas naturales. Luego de la sanción de la ley en 2011, la empresa a cargo del proyecto Veladero hizo una presentación ante la Corte Suprema de Justicia argumentando que la nueva ley restringía las actividades mineras y, por lo tanto, poseía un carácter anticonstitucional. Sin dar muchas vueltas, la 26.639 prohíbe la explotación mineralógica en los ambientes catalogados “glaciares” o “periglaciares”. A más de 4.000 metros sobre el nivel del mar donde opera la mina, básicamente todo lo que no tiene un glaciar a la vista puede considerarse “periglaciar” ya que lo que engloba este término es la presencia de hielo subterráneo y en ese clima cordillerano no hay dudas de que la mina toda, se asienta sobre ambiente glaciar y periglaciar. La justicia tardaría algunos años más en expedirse al respecto. Mientras tanto la mina continuó.

El 13 de septiembre de 2015, cuando la minera llevaba 10 años operando, fue una triste jornada para el pueblo de San Juan. Lo que advertían quienes se oponían a la mina desde sus inicios parecía consumarse. A través de una comunicación personal de un empleado de Veladero, la población entró en estado de alerta. “Se está derramando cianuro” decía con desesperación el operario que transmitía lo que veía, al comprobar que se había roto uno de los conductos que llevan desechos tóxicos disueltos en agua, a lo que se conoce en la mina como “valle de lixiviación”. Esta situación, anticipada por lxs vecinxs de Jáchal que cuestionaron el proyecto desde sus inicios, los movilizó con urgencia y desde entonces, sostienen en la plaza principal del pueblo, frente al municipio, una carpa blanca. Autodenominadxs como la “Asamblea Jáchal No Se Toca”, desde su acampe permanente, afirman que lo que aconteció fue un crimen ecológico y denuncian al gobierno de San Juan por complicidad con la empresa y por entorpecer y falsear la investigación.

En aquella trágica jornada en la que la empresa Barrick Gold reconoció públicamente, el derrame de 224.000 litros de solución cianurada en las inmediaciones de la mina, San Juan comenzó a experimentar el costo ambiental de lo que significó, en un proceso de 15 años, pasar de una matriz productiva con fuerte anclaje en la vitivinicultura, “El San Juan del sol y del buen vino”[1] a transformarse en el “San Juan Minero”, como puede leerse en la consigna de las remeras de algunos equipos deportivos sanjuaninos.

Cierto es también, que luego de ese derrame y otros que lo sucedieron tiempo después, Barrick Gold vendió las acciones de Veladero a una empresa de capitales chinos que rebautizó a la compañía como “Minera Andina del Sol”, que en su discurso hace constante hincapié en la conservación y el cuidado medioambiental.

Los derrames de solución cianurada que fueron reconocidos públicamente por la empresa y por el gobierno provincial son sólo una parte de lo que ocurre allá arriba, también existen otros derrames que no son noticia y que generan impacto ambiental, que según diversas opiniones son aún peor en relación al daño que ocasionan. La megaminería a cielo abierto exige de un trabajo constante con palas hidráulicas y grandes camiones, capaces de cargar toneladas de material. Como sucede con cualquier maquinaria de uso cotidiano es recurrente que éstas se rompan. Según trabajadorxs de la empresa, cuando se rompen estas megamáquinas, se derraman litros y litros de aceite de motor (hidrocarburos) hasta que los mecánicos llegan a la zona o suben a la mina. Estos derrames silenciosos ocurren con muchísima frecuencia y el personal está acostumbrado ya que constituyen parte de la rutina de la vida minera.

En febrero de 2016 Mauricio Macri, en la Posada de Los Patos, un lujoso emprendimiento turístico ubicado en Barreal, el valle del Departamento Calingasta, es decir el pueblo más próximo a la base de la mina Veladero, anunció la eliminación de las retenciones mineras en el país. Andina del Sol aún la medida decretada por el ex jefe de estado que la beneficiaba ampliamente, además cesanteó a parte de lxs trabajadorxs reduciendo el personal.

En 2019 la Corte Suprema de Justicia rectificó la constitucionalidad de la Ley 26.639, conocida como la Ley de Glaciares. De esta manera el funcionamiento de Veladero y otro montón de proyectos mineros más pequeños, están operando fuera de la ley. Pero es real que allá arriba, tan cerca del cielo y con un complejo entramado de intereses que bajan y suben 4.000 metros a gran velocidad, Minera Andina del Sol sigue explotando Veladero y aprovechando el valor récord del oro en los mercados internacionales (esta situación se vio agravada durante la pandemia, ya que se valorizó aún más el oro).

Así las cosas, en San Juan es sumamente difícil expresarse críticamente en contra de la megaminería, pues es real que el empleo directo o indirecto que genera, afecta a grandes sectores de la población que realmente necesitan de esas fuentes laborales. Así como es sumamente cierta la necesidad económica de las finanzas de la República Argentina, de contar con las divisas de la minería. Sin embargo, cabe preguntarnos ¿Cuál será el costo ambiental de ese bienestar económico de carácter transitorio? A 5 años de empezar a pagar el precio que el desarrollismo tiene en el territorio sanjuanino, una carpa blanca en Jáchal y quienes la sostienen día a día, nos recuerdan aquello que olvidamos con facilidad y cuyas consecuencias aún estamos por experimentar. El agua vale más que el oroes la consigna con la que un pueblo resiste a la embestida del extractivismo extranjerizante que impera en la tierra del mineral.

Algunas reflexiones antropológicas

Mientras lxs miembros de la “Asamblea Jáchal No Se Toca” aseguran que las aguas de la cuenca de su río, está afectada por los derrames tóxicos, el saber científico, de geólogxs e ingenierxs especializadxs, funcionarixs gubernamentales, entre otrxs tiende a desestimar los reclamos por falta de “veracidad” o falta de rigor científico. Así logran oponer al reclamo social datos científicos que permiten afirmar que la contaminación no existe, y por lo tanto ubicar en el plano de las “habladurías” las posiciones de lxs que luchan por detener esos procesos extractivistas. Pero independientemente de la disputa por la verdad de lo acontecido, existe un momento en que ambas posiciones se homologan, permitiendo elaborar una afirmación: lo que ponen en jaque los derrames no es simplemente la tensión entre la actividad minera y la ecología, sino las garantías constitucionales de la modernidad. Siguiendo la propuesta de Bruno Latour (1991) “moderno” hace referencia a dos conjuntos de prácticas diferentes que, para seguir siendo efectivas y eficaces, deben permanecer distintas y separadas. El primer conjunto de prácticas -conjunto que corresponde a lo que Latour llama “redes”- crea, por “traducción”, mezclas entre géneros de seres nuevos, híbridos de naturaleza y cultura, mientras que el segundo grupo – denominado “critica” – crea por purificación dos zonas ontológicas por completo distintas: la de los humanos por un lado y la de los no humanos por el otro (Latour, 1991: 28). Esto quiere decir, que al mismo tiempo en que vivimos en un mundo híbrido, donde los límites de los términos que ordenan naturaleza y cultura no pueden definirse con exactitud, la purificación nos dispone a consumar tal separación. Mientras para lxs asambleístas la presencia de cianuro en el agua es una demostración de la alteración del orden ontológico de la misma, que asume que el agua está contaminada debido a que en ella está la reminiscencia de “la cultura” (extracción de metales pesados, cianuro), para lxs especialistas que asumen que el cianuro está diluido, el agua no puede estar contaminada porque la cantidad de partes de cianuro por millón de litros tomada de las muestras no es suficiente para que sea perjudicial para la vida y así, purifican, valga la redundancia, el agua, devolviéndola al orden ontológico que le corresponde, el de la naturaleza. El agua se ha salvado de la cultura, el pueblo no tiene de qué preocuparse.

Considero que cuando dos posiciones antagónicas pueden ser homologadas, se vislumbra un problema que exige un mayor esfuerzo. ¿Qué hace posible que no humanos sean concebidos como un recurso, cuyos límites de explotación son enunciados por la catástrofe? ¿Qué posibilita que los argumentos de quienes luchan por la naturaleza sean desestimados con tanta facilidad?

Todo empezó en una clase escolar de ciencias naturales donde aprendimos qué son los factores bióticos y abióticos y desde entonces racionalizamos el mundo separándolo en las dos zonas ontológicas identificadas por Latour. Creo que allí están las pistas para ignorar la hibridación y hacer de lo humano el árbitro del mundo, perdiendo de vista que es parte de ese mundo también junto a todo aquello de lo que se vuelve dueñx. ¿Cómo va a dolernos la detonación de las piedras de la cordillera si son algo ajeno a nosotrxs? ¿Cómo va dolernos el agua cianurada, si ésta parece ser otra a la que constituye nuestro cuerpo en un 80%?

Sin duda la “Asamblea Jáchal No Se Toca” constituye un espacio fructífero para comenzar a hablar de la necesidad de defender nuestros recursos naturales, pero será necesario ir aún más allá y asumir de una vez, que no hay tal cosa como una naturaleza. Si no hay naturaleza, no habrá recursos explotables y si no hay tales cosas, tampoco habrá cultura. ¿Es que alguna vez esos dos términos tuvieron una carnadura fija? ¿Hasta qué punto es posible sostener un argumento crítico de la megaminería tan naturalista? Jáchal ¿no se toca? ¿O hemos elegido “tocar a Jáchal” desde el momento en que sostenemos una vida detrás de pantallas movidas por la superconducción del oro y su inmenso valor en los mercados? ¿Desde el momento en que la crítica es tipeada y distribuida en teléfonos móviles, estamos optando por “la comunicación instantánea” en lugar de “la cordillera”? Hay que revisar cada uno de los contratos, la modernidad está en jaque, pues no puede sostener sus promesas, ni la sostenibilidad de lxs trabajadorxs en su empleo, ni una sólida vida. Las promesas están disueltas. Debemos revisar hasta la forma en la que intentamos defender algo tan elemental como el agua, porque al defender el agua en términos de “la naturaleza” corremos el riesgo de instrumentar los dispositivos que perfeccionan el funcionamiento de aquello a lo que creemos oponernxs.

Texto: Diego J. Garcés

UNSJ/CONICET
diegogarcesleon@gmail.com


[1] Aunque aún es recurrente esta denominación, sobre todo entre quienes desde afuera nombran a San Juan, la industria vitivinícola ha decrecido enormemente en los últimos 15 años. Pequeños y medianos productores de vid, se han visto obligados a vender sus campos, por el bajo precio de la uva.